sábado, 21 de febrero de 2009



¿Quien no jugó a adivinar las formas de las nubes?¿Quien no se imagino flotando entre ellas, abriéndose paso entre el vapor de agua y descubriendo que hay mas allá?¿cuantas veces nos tiramos boca arriba en el pasto y solo las contemplamos?
Las nubes tienen una belleza efímera, pero sublime. Adoptan mil formas y colores: basta que sople un poco de viento para que comience una maravillosa metamorfosis.
Solo hay que mirar hacia arriba: es un espectáculo a cielo abierto. No hay disputas por las ubicaciones ni hay entradas que pagar. Las nubes pueden ser detestadas por algunos y adoradas por otros, que ven en ellas una y mil posibilidades, que conocen y saben interpretar lo que nos dicen. Lo que la sociedad de las nubes nos propone, no es un estudio científico, sino una celebración del pasatiempo de contemplar las nubes, despreocupados, sin propósito definido y de una forma intensamente vital.
¿y si lo probamos? Suena divertido, ¿no? Aquellos quienes las respetan y valoran, piensan que no es justo el lugar que se les da, piensan que merecen algo mejor que ser las aguafiestas que arruinan un día de sol o anuncian un diluvio universal

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